martes, 4 de febrero de 2014
domingo, 2 de febrero de 2014
Alberto el niño de la felicidad
Había una vez un niño que se llamaba
Alberto y era un niño muy triste, nadie lo quería. En el colegio no tenía
amigos y siempre le pegaban, maltrataban y hasta lo insultaban. En el patio
nunca jugaba y se quedaba en la sombra
del árbol del colegio, miraba a todos los niños que estaban a su alrededor
jugando y jugando sin parar.
Él se divertía jugando con su hermano
Julio al piedra, papel, tijera y siempre, su hermano, le recordaba que él
siempre estaría allí con él. Pero él sabía que no tendría una infancia muy feliz.
Cuando llegaba a casa le contaba a su madre todo lo que le había pasado en el
colegio y su madre no estaba muy contenta porque Alberto lo pasara mal y Julio
no pudiese jugar en el recreo con sus amigos, aunque Julio tampoco estaba muy
afectado por no poder jugar por su pobre hermano.
Después de dos semanas era el
cumpleaños de Alberto. Invitó a todos sus familiares y alguno que otro amigo
pero ninguno se molesto en venir.
Después de lo que le había pasado se paso todo el día llorando porqué se sentía
muy avergonzado. Pero no solo por eso sino porque en el colegio se supone que cuando
es el cumpleaños de alguien lo celebran pero eso con él no pasaba nunca.
Un mes después era su santo y solo su
hermano Julio se acordó y como no, le tuvo que recordar a su madre Cristina y a
su padre José. Pero esa misma noche no
podía dormir y entonces su madre Cristina le contó una leyenda, le habló
de un sabio muy sabio al que hacían llamar el sabio de la felicidad. Le explico
que vivía en el medio del bosque de los
mil enanitos en una casa de color azul, que solo come fruta y su pasión es el
yoga.
Alberto le pregunto - Mama esta
leyenda es cierta? - y su madre le contestó- No lo sé, pero puedes pensar lo
que quieras y ahora a dormir! - Alberto respondió- Yo creo que es muy cierta-.
Su madre Cristina se fue de su
habitación mientras Alberto hacia ver que dormía.
Cuando su madre cerró la puerta del
todo espero cinco segundos y sin hacer el menor ruido cogió su bolsa de excursiones
y dentro metió: Agua, fruta, protecciones, su collar de la suerte, un mapa
donde indica donde esta el bosque y toda las esperanzas de encontrar al sabio
de la felicidad.
Se vistió con: zapatillas de montaña,
una camiseta de manga larga, un abrigo encima, unos pantalones bien cómodos y
unos guantes de escalar. Y sin que nadie lo viera salió por la ventana en busca
del sabio de la felicidad.
Cuando llegó al bosque de los mil
enanitos entendió porqué se llamaba así, porque a cada metro que caminabas te
acompañaba un enanito que te explicaba como era el sabio. Después de 1000 metros
llegó a la casa de sabio.
Era una casa muy mona hecha con madera,
con una chimenea de piedra y unas ventanas de vidrio. Al lado de la casa del
sabio había un pequeño pueblo, el pueblo de los mil enanitos que daba
referencia al bosque. Cuando los enanitos querían algo solo se lo tenían que
decir y le daba todo lo que ellos quisieran, o sea que el sabio además de ser
sabio era muy generoso.
Por fin llamo al timbre y descubrió
quien era. Era un maravilloso hombre con el pelo negro, unos ojos muy
brillantes, iba vestido con ropa cómoda
y era un poco de yoga. Le invito al salón y vio que su casa era como una clase de
yoga. Yoga por aquí yoga, por allá, hasta le invito hacer una clase de yoga,
después de hacer la clase Alberto se quedó mucho más relajado y el sabio le
invito a ver la exposición de la sonrisa.
Era una sala a la que el sabio había
dedicado a la sonrisa, una sala llena de fotos de gente a la que él había hecho
feliz, habían unas 875 fotos.
Después enseñó a Alberto a hacer
amigos y a ser feliz. Alberto veía como poco a poco su felicidad volvía a él, antes
de irse Alberto entregó al sabio su collar de la suerte porque gracias a él ya
no lo necesitaría más.
Y así es como Alberto descubrió la
felicidad y una nueva amistad.
Alberto por fin hizo amistades en el
colegio y paso de estar en la sombra de un árbol a jugar con sus amigos, incluso
hizo un gran amigo que se llamaba Carlos y lo que más le gustaba era llegar a
casa y explicarle cosas super chulas que le habían pasado en el colegio.
Se sentía muy feliz con su nueva vida
y su familia le hizo una fiesta sorpresa, lloró de felicidad porque habían
venido familiares y amigos. Su madre Cristina, su padre Jose y su hermano Julio
estaban muy contentos del esfuerzo que había hecho Alberto. Pero Alberto
cada
día se preguntaba que habría sido del sabio de la felicidad.
Sara Tienda (9 años)
Sara Tienda (9 años)
miércoles, 29 de enero de 2014
sábado, 25 de enero de 2014
La bandada de gansos
Miles de gansos emigran cada año, y en su
camino son innumerables las dificultades que deben vencer: enormes distancias,
fuertes vientos, cazadores furtivos, o el propio cansancio por el gran
esfuerzo.
Sin embargo, no afrontan solos ese desafío,
ya que se unen en bandadas para potenciar sus fuerzas, y vuelan en forma de V
para reducir la resistencia al viento.
Coordinan sus movimientos en la misma
dirección y su velocidad es constante, producto del esfuerzo compartido. La
cohesión de la formación les permite no sólo afrontar las turbulencias del
viento, sino aprovecharlas a su favor. Ningún ganso individualmente, por más
veloz y resistente que sea, logra obtener resultados similares volando solo.
Cuando el líder se cansa, se retira al
último lugar de la formación para recuperar fuerzas. Otro ganso lo reemplaza
manteniendo el rumbo y la velocidad de vuelo, siempre marcado por el líder. Los
demás alientan con su graznido a aquellos que hacen el mayor esfuerzo, Si
alguno de ellos cae herido, uno de sus compañeros lo protege y acompaña hasta
que está en condiciones de retomar el vuelo.
Finalmente, cuando están próximos
a llegar a su meta, cambian la estructura de su formación para tocar tierra,
suavemente, en una armónica ola.
sábado, 23 de noviembre de 2013
Perros bajo la lluvia
Me dirijo en tren hacia mi encuentro mensual de crecimiento personal, cada sábado que tomo ese camino siento mariposas en el estómago que me incomodan. ¿Nervios? tal vez, ¿Miedo? quizás. Enfrentar la mirada de mi misma frente al espejo nunca me resultó fácil, siempre fue más sencillo llevar la mirada a lo que sucede en el exterior.
En un acto inconsciente en ese momento me decido a llevar mi mirada a través de la ventana del tren hacia fuera y observo las gotas de lluvia intensa deslizándose por el cristal, enfoco la mirada lejos y observo a unos perros seguidos de su amo que corren bajo la lluvia. El espectáculo es emocionante y hace despertar en mi interior una sensación salvaje y visceral. Yo quiero ser como esos perros que se arriesgan a vivir, a sentir, a jugar y a disfrutar.
Quiero bailar bajo la lluvia, sentir esa sensación natural sin que me asalten pensamientos de miedo .... cogeré un resfriado? .... me juzgarán loca? ... en realidad es esto lo que quiero? .... no soy demasiado mayor para hacer tonterías? .... y ahí la magia se rompe a causa de una serie de pensamientos encadenados que logran que mis ojos dejen de brillar de ilusión y cambie esa sensación de alegría y fluidez por una sensación de miedo y pesadez. Como una gran losa pesada los pensamientos aplastan la posibilidad de bailar bajo la lluvia sin una posible vía de escape.
Así sucede, día tras día, mi fuerza vital se agota en una lucha interna, mi fuerza vital queda sumisa y adiestrada por una mente que en teoría lucha por mi supervivencia y finalmente eso es lo que logra... que sobreviva .... pero en ningún caso que VIVA.
sábado, 5 de octubre de 2013
Evitar el dolor
Seguro que todos hemos visto la
reacción de muchos padres ante sus hijos cuando se lastiman o golpean, por
instinto; todos tratamos de evitar que el dolor se alargue, todos tratamos de
evitar la incomodidad que produce, y quizás por ese motivo ofrecemos frases del
tipo “venga que no ha sido nada”, o tratamos de mitigar el dolor con soluciones
“sucedáneas” ¿a que me refiero con soluciones sucedáneas?, por ejemplo le
ofrecemos un caramelo para desviar su atención del dolor cuando lo que quizás
necesita en realidad el niño es un buen abrazo o simplemente llorar y dejar que
salga afuera la emoción que le ha producido el golpe.
Lo que quizás nunca nos hayamos
parado a pensar es que a veces esa reacción instintiva de evitar el dolor puede
hacer que el dolor en lugar de esfumarse a través de la aceptación del mismo se
enquiste de forma eterna.
Cuando era pequeña viví una
situación traumática que me hizo relacionarme con el dolor de una forma
evasiva. Un niño es una personita en proceso de formación, no dispone de las
herramientas apropiadas para enfrentarse al mundo, es labor de los padres
ofrecérselas en la medida de lo posible. Lo que ocurre es que uno no puede
ofrecer a nadie algo que no está desarrollado en uno mismo, si un padre tiene
un bloqueo con la comunicación está claro que no podrá ofrecer esa herramienta
a su hijo.
Evité el dolor en un momento
concreto, cuando una situación me superó, me hice la fuerte, creí que evitar el
dolor era la solución porqué así me lo habían enseñado mis padres que no
supieron lidiar con su propio dolor y ese dolor que sentí en un instante se
eternizó hasta los 39 años. En esos años encontré sucedáneos para mitigar el
dolor, uno de ellos fue la comida en la que encontré el consuelo que necesitaba
y no me atrevía a pedir.
Como sanar el dolor?
Permitiéndole el espacio que reclama, dejando que haga su proceso hasta que se
diluya y deje de tener fuerza en ti. No forzando para que se vaya antes del
momento adecuado aunque tampoco quedarse regocijándose en el dolor de forma
victimista. Dejarte sentir… en mi caso necesité descansar, permitirme no ser
perfecta en todo, permitirme un espacio para estar triste y conmigo misma,
permitirme un espacio para recibir consuelo, como cuando después de una pelea
un animal lame sus heridas, reconocer como mi forma de interpretar aquel hecho
había alterado mi conducta.
Una experiencia traumática marca
nuevas conductas, nuevas formas de relacionarte con el mundo y en ese espacio
puedes replantearte cuales ya no son validas para ti y decidir instaurar nuevas
formas de relacionarte con la vida.
Quien no ha trabajado con su
propio dolor es imposible que pueda ayudar a otra persona a gestionar el suyo.
Debemos hacernos responsables de nosotros mismos, esa es la única forma de
salir del bucle de dolor enquistado que nos hace sufrir de forma inconsciente.
Reflexiones de Carmen Esteban
Reflexiones de Carmen Esteban
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